Vivimos en la sociedad de lo inmediato. En el aislamiento del ser humano en una cultura hiperconectada. Miramos la existencia como algo fraccionado, con escasa visión de conjunto, donde partes aleatorias parecen funcionar Independientemente. Nada más lejos de la realidad. En el universo todo está interconectado, nuestra conciencia que creemos única interactúa con la conciencia universal y nos da la información necesaria para la vida. El cuerpo como parte de ella no es una excepción.
Es la casa que habitamos mientras dura nuestra existencia humana y que a la vez nos habita. Esta casa cuyo funcionamiento parecemos conocer a la perfección guarda significados y memorias no tan simples de ver a primera vista. Es un universo en sí mismo que en la intimidad celular se autorregula y coordina la existencia de unos 40 billones de bacterias, virus, levaduras y la función de unos 30 billones de células especializadas en funciones de órganos y sistemas. Tenemos unas 100 veces más genes microbianos que humanos, a pesar de estos datos nos sentimos los reyes de la creación.
El cuerpo como memoria
Nuestra estructura corporal no solo está hecha para optimizar la funcionalidad es también un relato de vida. Cada etapa desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, cada acontecimiento emocional o vital queda memorizado a nivel celular de forma precisa, según nuestra constitución y el lugar de menor resistencia que poseemos. En la medicina actual o Medicina del síntoma no nos han enseñado que esta ecuación simple es una de las mayores causas de enfermedad. Lo que no expresamos se queda en el cuerpo y se transforma en síntoma Las emociones y la función de los órganos viajan por las mismas carreteras. Nuestro sistema nervioso perfectamente diseñado para la supervivencia y la adaptación al medio en que vivimos está formado por dos partes esenciales.
El sistema nervioso central (SNC) y el sistema nervioso vegetativo o autónomo (SNV)
Podríamos decir que el primero es el director de orquesta. Formado por el cerebro y los nervios periféricos, es voluntario, interactúa con la conciencia, el pensamiento, las emociones y también con el cuerpo. Tiene una gran capacidad de autorregulación. Cuando hacemos conscientes esas emociones o pensamientos podemos producir una relajación o una hiperestimulación de las funciones corporales. Así nuestros propios pensamientos negativos o rumiadores pueden producir síntomas y enfermarnos.
Por otro lado, el sistema nervioso vegetativo es el que optimiza el funcionamiento de los órganos y lo hace de forma automática sin que tengamos que pensar en que nuestro corazón siga latiendo o que nuestros pulmones respiren para mantenernos con vida. Está formado por el sistema nervioso simpático y parasimpático. Diríamos que en líneas generales el sistema simpático es activador y el parasimpático es relajante, aunque no es específicamente así siempre y en cada órgano. Este SNV estructura compleja y maravillosa es también el sistema de carreteras metafórico por el que viajan las emociones a una velocidad mucho más rápida que los pensamientos.
Nuestras emociones primarias están diseñadas para tener respuestas rápidas. Pongamos por ejemplo el miedo, una de las emociones que equivocadamente consideramos más negativa. Tiene una función instintiva frente al peligro con el fin de mantener a salvo nuestra supervivencia, dando lugar a conductas de lucha o huida según la cualidad o intensidad del estímulo. Nos permite evaluar con rapidez los entornos y circunstancias que son más favorables. Sin él nuestra vida sería un caos, practicaríamos un atrevimiento desmedido, sin valorar los peligras que nos acechan, esta conducta nos aniquilaría. El miedo evita que nos tiremos a la piscina sin agua una y otra vez. Nos mantiene con vida.
El Mundo en el que vivimos una amenaza constante
Es cierto que en el primer mundo donde la supervivencia no está de esta forma amenazada y la paz nos permite disfrutar de la experiencia de la vida en mayor medida, podríamos pensar que el miedo sería una emoción menos frecuente en manifestarse y más fácil de regular en el cuerpo. Sin embargo, es todo lo contrario. Las sociedades civilizadas o de la cultura del bienestar someten a las personas a un estilo de vida con una sobreestimulación tal que sus sistemas nerviosos permanecen en alerta continua.
Dando lugar a síntomas como la ansiedad, el insomnio, los trastornos funcionales digestivos o las cefaleas. El miedo abstracto sin objeto amenazador que lo justifique es una constante en los tiempos que vivimos en el mejor de los casos le llamamos estrés y le atribuimos causas concretas: un trabajo en él que nos sentimos explotados, una relación que no nos satisface, dificultades económicas o la falta de propósito o sentido de nuestra vida.
La enfermedad se gesta en silencio, el cuerpo nos habla mucho antes El cuerpo con su lenguaje olvidado del que solemos vivir desconectados nos enseña el camino del retorno a la coherencia y a la salud. Reaprender ese lenguaje, desechar la cultura del síntoma de la pastilla mágica que anestesia y omite este idioma tan necesario para la vida. Abrazar el síntoma que el cuerpo nos ofrece como un valioso regalo con una escucha consciente y amorosa. El cuerpo no es nuestro enemigo cuando habla a través de un dolor o una disfunción solo nos está pidiendo parar.
Podría poneros infinidad de ejemplos tomaré el de una persona con alergia ya que es una disfunción medible por pruebas analíticas a través de parámetros como eosinófilos o IgE totales o específicas. La persona que lo padece ya sea de forma estacional o crónica responsabiliza al alérgeno: polen, epitelio de gato, perro, polvo, de sus síntomas. Sin embargo, es una interacción entre su sensibilidad y el mundo. Las mucosas producen secreciones continuas y molestas. Toma un antihistamínico para resolverlo.
Lo que no sabe es que la nariz llora lo que los ojos no han podido o se han atrevido a llorar. Esa misma sustancia llamada histamina que da lugar a sus molestos síntomas, es un neurotransmisor preciado que está intentando autorregularle en su adaptación con el entorno. La inflamación que produce aparentemente patológica es una forma de preservar la entrada de esos enemigos y que puedan producir daños mayores.
Si estamos en disposición podemos retrotraernos en nuestra historia vital hasta la aparición del síntoma por primera vez. En esa escucha profunda de lo que nos hirió o de la amenaza real o ficticia de los sucesos que vivimos está la explicación. La enfermedad es en muchos casos la mejor forma que el cuerpo encuentra cuando no conseguimos adaptarnos y autorregularnos de otro modo.
Cómo empezar a escuchar el cuerpo de verdad
- Si el cuerpo habla párate y escucha.
- Déjate sentir las emociones diarias, aunque te parezcan contradictorias y absurdas.
- Las emociones son del cuerpo, aunque no lo creas, pero puedes iluminarlas desde la conciencia intenta no negar lo que está sucediendo.
- Se benévola con tus juicios.
- Abraza la emoción y respírala a través de la respiración diafragmática para activar tu nervio vago, principal nervio del sistema y freno del sistema nervioso vegetativo.
- Una vez te hayas autorregulado ponle nombre a lo que has sentido para que tu cerebro, ese director de orquesta compasivo y conciliador lo registre como algo bueno no como una batalla perdida.
- Vacía tu cuerpo de los impactos emocionales del día no acumules mirando para otro lado.
- No te enredes en el pensamiento para intentar comprender una emoción, son lenguajes diferentes.
Cuando habla una parte concreta del cuerpo
Cada órgano tiene su propio lenguaje emocional. De esto hablaremos más detalladamente en otro artículo de este blog sobre las emociones. Os dejo una sencilla sugerencia:
- Cuando la garganta molesta con frecuencia, reflexiona sobre verdades no dichas o secretos personales o familiares guardados por mucho tiempo, sobre tu verdad y cómo necesita ser expresada. Si albergas sentimientos de vergüenza o baja autoestima.
- Cuando el estómago nos incomoda reflexiona si estás viviendo una contrariedad profunda, un vínculo o situación que no te permite actuar en coherencia. Este hecho puede llegar a afectar a las secreciones gástricas pudiendo aparecer sobre crecimientos bacterianos secundarios, pero en muchos casos es tan solo la emoción retenida lo que provoca el síntoma. Cuando esta omisión de la conciencia emocional diaria mantiene la tensión sobre un órgano en concreto, de forma intensa o mantenida en el tiempo, lo puede acabar enfermando seriamente. Visualizar las autopistas del sistema nervioso vegetativo sobrecargadas de tráfico: emociones y función de los órganos provocando un caos en la circulación eficaz del cuerpo, a los órganos en ese caos no les llega el impulso nervioso adecuado para su correcto funcionamiento.
El aparato digestivo nuestro segundo cerebro emocional
Aquí voy a explicaros brevemente por qué este es uno de los aparatos o sistemas que más sufre nuestra sobrecarga emocional y nuestra inadaptación al estilo de vida. Nuestro aparato digestivo posee entre 200 y 600 millones de neuronas, formando una red compleja al sistema nervioso entérico, que puede funcionar independientemente del córtex pre frontal, aunque se comunica con él y con el sistema nervioso vegetativo. Con este último lo hace a través del nervio vago, principal nervio del sistema parasimpático y del eje cerebro-intestino. Por lo tanto, diríamos que son vías de alta velocidad como hemos explicado anteriormente, por este motivo una emoción viajará hasta nuestro aparato digestivo de forma más rápida que el pensamiento asociado a ella.
En el tubo digestivo se sintetizan, además, gran parte de neurotransmisores por las bacterias de nuestra flora intestinal: gaba, serotonina, glutamato. Es muy frecuente en las personas sensibles que sus síntomas de enfermedad comiencen con síntomas digestivos.
De nuevo para y escucha.
Pregúntate:
¿Qué no puedo tragar, aceptar, digerir o dejar ir de mi vida?
Hazlo con amor, respeto y paciencia. Cambiar nuestro estilo de vida no es fácil pero no imposible.
Un estilo de vida frenético, basado en la productividad, la competencia y la falta de escucha, es la causa más importante de enfermedad en el mundo moderno, cambiarlo a una forma de vida que se ajuste mejor a vuestras necesidades físicas, mentales y emocionales es la mejor de las medicinas que os puedo recomendar. Trabajar en ello con conciencia nos devolverá salud y alegría.
El cuerpo susurra, después habla, luego grita, y al final entra en el más peligroso silencio, cuando no ha sido escuchado. Y nos preguntamos: ¿de dónde ha venido esta grave enfermedad o esta muerte imprevista? La causa es la desconexión entre nosotros y el cuerpo. La falta de escucha mantenida en el tiempo. Así os recomiendo que una parte de ese tiempo de vida, que es el bien más preciado que disponemos lo invirtamos en hacer de ella una experiencia consciente y plena. Nuestro cuerpo nos lo agradecerá y compensará generosamente

